7/7/09

Juro que nunca jamás quise lastimarte.
Siempre que trato de estar, no estoy en ninguna parte.
Por calle del rey arriba
de San Francisco a la diestra,
en casa de recios muros,
vivía la primavera
la luna que se asomaba
por los ventanales
era la boca de una guitarra:
las cuerdas eran las rejas.
La Primavera tenía
carne de mujer morena,
ojos de amor y pecado,
boca de dulce promesa.
Manuel Rodríguez la amaba,
mas otro la pretendiera:
Antes de decir su nombre,
mi boca firme se cierra.
Sonriente y mozo era el uno;
el otro, celo y fiereza.
Entre los dos militares
temblaba la Primavera.
En noches de ausente luna,
llegaban ambos a verla:
el uno por la ventana,
el otro por franca puerta.
Los besos del que acudía
sin trabas a la vivienda,
eran amargos de celos
y hablaban de muerte artera;
mas los de Manuel Rodríguez
sabían a madreselvas,
sabían a estrellas rubias
y a rasgueo de vihuelas.
a la mujer por las rejas
toda el alma se le fuera.
Jinete en caballo moro,
Rodríguez a verla llega.
Le cantan los espolines
al desmontar en la acera.
Los espolines le cantan a la mujer
que lo espera,
pecho adentro, sangre arriba
como nupciales promesas.
A través de los barrotes,
las manos de la morena
sobre el pecho masculino
descansan en la guerrera.
Del militar en el cuello
relumbran dos calaveras:
es la insignia de los Húsares
que entre las sombras destella.
Amado, anoche soñaba...
soñaba cosas siniestras:
la insignia que tu llevabas
en sangre se tiñera...
Amado, en un cielo negro
sangraba la luna nueva...
Manuel Rodríguez besaba
los labios de la morena;
sus dientes en la penumbra
brillaban con risa fresca.
- La bala que ha de matarme
ningún hombre la fundiera.
La sangre que viste anoche
son mis amores, morena.
En Tiltil quedó tendido,
de muerte alevosa y fiera.
La sangre del pecho abierto
manchaba dos calaveras.
En la noche de aquel día
fue roja la luna nueva.
A traición tuvo que ser,
que de frente no pudieran.
La bala no fue de plomo,
que fue de celo y fiereza.
Al mundo vino muy tarde
ese año la primavera.
Las rosas fueron mas rojas
y fue mas triste la tierra.
En calle del Rey arriba,
de San Francisco a la diestra
tras enrejada ventana
lloraba la primavera.
Un caballero de sombra
llegarse quiere a ella.
no cantan sus espolines
al desmontar en la acera.
del caballo que lo trae
las herraduras no suenan.
En vano dos blancos brazos
asómase por la reja:
el caballo es el viento;
sombra en la sombra se aleja.
la mujer está llorando.
ya no vendrá el que la espera.
¿El nombre de esta mujer
de sueño, amor y leyenda?...
Vivió en Santa Cruz de Triana,
era criolla y morena...
La historia no dice más.
Llamémosla Primavera.

Como un preso libertad; te necesito.
No puedo estar sin ti, no sabes cuánta falta me haces.
Nena te extraño, nena te extraño, nena te extraño tanto que no, puedo respirar.
Hola. ¿Qué hacés?, convidame un pucho, que me tenés abandonada.
Vos con tu mochila a cuestas.Yo con la excusa perfecta, para charlar de pavadas.
Sentiste alguna vez lo que es, tener el corazón roto?, sentiste a los asuntos pendientes volver, hasta volverte muy loco?; Si resulta que sí, si podrás entender, lo que me pasa a mi esta noche; ella no va a volver y la pena me empieza a crecer adentro, la moneda cayó por el lado de la soledad y el dolor;
Todo lo que termina, termina mal, poco a poco, y si no termina se contamina mal, y eso se cubre de polvo; me parece que soy de la quinta que vio el mundial setenta y ocho, me tocó crecer viendo a mi alrededor paranoia y dolor, la moneda cayó por el lado de la soledad otra vez; no me lastimes con tus crimenes perfectos, mientras la gente indiferente se da cuenta, de vez en cuando solamente sale afuera la peor madera ;
Luna dile que la quiero, y que sin su amor me muero.

Solía sentarme a las siete de la mañana frente a la máquina de escribir Remington, que ocupaba la mitad de mi escritorio, a un costado de la enorme ventana que daba a la calle. Durante los primeros momentos no ocurría nada, hasta que alguien, y otra persona parecida, y muchos individuos o sombras más que se dirigían a la fábrica textil del pueblo, pasaban con prisa por la vereda; entonces me entraba la angustia por escribir las primeras líneas, aquellas frases fijas que definen el inicio de una historia.

A las diez, Cándida, la vecina que me prestaba el auto para viajar los fines de semana a alguna villa veraniega, salía a hacer una revisión minuciosa de su jardín delantero; yo solía temer que me hablara sobre los cornezuelos que a menudo desfallecían a sus caléndulas y a sus helechos porque entonces una larga distancia me separaba de mi cuento hasta que terminaba por perderlo de vista.

Y ocurría que a veces me hablaba, y otras, no. El caso es que su presencia entre esas flores agitadas por los vientos de estío o de invierno me ponía ansioso, y acababa levantándome, bruscamente, del asiento, con un cigarrillo en la boca, para observar la borrosa lejanía de la zona portuaria.

A las once, o a las once y media, entraba en el gabinete la empleada doméstica, y hacía tal silencio de mosca mientras pasaba un trapo humedecido con alcohol por el único mueble de estilo provenzal de la casa, y con el mismo silencio de mosca se retiraba, que me gustaba pensar, con un extraño sentimiento, que era un desperdicio tanta precaución de su parte; total, al meterse la mujer en la habitación, no me venía una sola línea a la cabeza.

Es difícil escribir sin interrupción.

Ocurre que alguien te llama por teléfono y te dice esas cosas que uno escucha como desde lejos: “Fue imposible hacer nada… Tendré que comprar otra camisa. La tinta no ha desaparecido ni siquiera con cloro…”.

A la hora del almuerzo, cerraba con la fuerza de un latigazo que hace brincar a la bestia, la puerta del gabinete. Debía asegurarme de que mis personajes se quedaran bien encerrados en esa habitación de luces apagadas, para que yo pudiera, sin apresurar el sabor, disfrutar de aquella tregua: un plato de milanesa de pollo y otro de escabeche de berenjenas, acompañados de una botella de buen vino rosado. Luego venía la modorra.

Como a las cuatro y media de la tarde, cuando el calor caía sobre el aljibe sin roldana del patio, yo me tendía sobre las baldosas de la sala, aguardando la visita de Adelfa. Mi amiga rubia, rubiácea, me solía hablar después de fumar un cigarrillo, sobre las virtudes y necedades de mis cuentos. A mí me daba igual que objetara la presencia de una antigua vitrola en la habitación donde sucedía la parte más densa de las acciones; para eso tienes el piano, Miguel, el viejo piano alemán de la familia; que tanteara una crítica sobre determinada situación o trama por su estilo tan apasionado, que desaprobara un nombre común como José o Pedro, y que, a veces, me restregara la muerte del protagonista de turno, quien merecía vivir, después de todo; total, con un final abierto, la obra quedaría bien igual.

No es que fuera terco. Pero yo conocía a mi criatura. Ella era un bosque donde todos los animales (ciervos de ancas ligeras y vientres suaves, leopardos de ojos relampagueantes y aves de plumaje azul mezclado con el color de la sangre) convivían en cósmica armonía; su enorme cascarón resistía maldiciendo, pero resistía, los embates y las furias de las tormentas.

Mi criatura era una luz que se abría paso entre los gajos de los eucaliptos, los algarrobos y los abedules de su propio bosque para mostrar un camino, hecho con un polvillo como de oro y de azúcar, que tentaba a los hombres y a las mujeres que intentaban cruzar el río, para que desistieran de su propósito y se internaran en él.

Al llegar la noche se me presentaban en el gabinete. Una vez fue un hombre que deseaba viajar a un pueblo donde pensaba encontrar a la mujer que había amado, y llegó, y ella estaba vestida de triste desde los pies hasta los cabellos; sentada sobre un sillón de mimbre observaba las formas humanas que tomaba el ciprés según como el viento lo cabalgara. Entonces escribí: Se vieron y se dieron un beso.

En mis horas nocturnas se me rebelaban las profecías. Y entre humo y humo de cigarrillo cobraban sentimientos mis personajes, y yo debía decidir, desde luego, qué harían: la libertad o la prisión; la vagancia o el encierro; y aún esos detalles ínfimos: el viaje en barco o en tren. O la simple caminata por las calles.

Perdí la manera de escribir cuentos.

Este es el relatorio que - necesariamente - debo hacer sobre la maldición que ha caído sobre mí para que mi familia comprenda la decisión que he tomado.

No puedo más.
Si tienes pareja, tu amorcillo puede estar teniendo problemas familiares, Paula. Por lo tanto, no esperes una conversación centellante esta noche. Quédate tranquila que esto no tiene nada que ver contigo. Si estas sola, verás como la gente a tu alrededor estará tensa. ¡Hoy no esun buen día para ligar! Los astros anuncian conflictos, espera mejor mañana.